Líneas y formas para llevar

Si te gusta algo de aquí, puedes usarlo libremente, siempre que no seas una empresa capitalista, alguien que explota la fuerza de trabajo ajena, un represor o un transa que quiere adjudicarse estas líneas callejeras... *

José Kaff

lunes, 30 de noviembre de 2015

Equipo 5:

Bueno, bueno, se trata de eso con lo que miras quién viene detrás, ya sea que vayas en carro o a veces en bici. Busca en esta liga el quinto de ellos y responde: ¿qué dice ahí que hacen las empresas de energía eólica?

www.grieta.org.mx


Equipo 4:

No hace falta decir que es me refiero a un objeto reluciente. Busca el 4, que corresponde a tu equipo, y responde: ¿qué sucede con el pueblo wixárica de Jalisco?

http://www.grieta.org.mx/


Equipo 3:

Si ya sabes de qué estoy hablando es porque todos los días ahí te ves tus vanidades. Busca en la siguiente liga el tercero de ellos y responde: ¿cuál dice ahí que es el sufrimiento del pueblo wixárica?

http://www.grieta.org.mx/


Equipo 2:

Busca en la siguiente liga uno de esos que usas todos los días para confirmar que sigues siendo tú, pero que tenga el número 2, así como el de tu equipo. Responde ¿qué sucede a los pueblos nahua y totonaco?

http://www.grieta.org.mx/


Equipo 1.

Después de responder qué instrumento usamos para conocer el cambio físico y el estado cotidiano de nuestro ser material, busca en la siguiente liga aquél de éstos marcado con el mismo número que tu equipo, y responde qué es lo que sucede en el pueblo de Ostula:

http://www.grieta.org.mx/


viernes, 23 de abril de 2010

Ramón en el camellón (o esto no es un cigarro)

Tan limpio, tan blanco, tan nuevo, el cigarro apagado, entre los dedos negros de un cuerpo igualmente despojado hasta del color; de todo, menos de la sucia caricia de una ciudad impune, descaradamente ciega.
Desde lo profundo de sus ojos Ramón mira alejarse al grupo de hombres con uniforme. La calle repleta y nadie mirando sus nalgas tiznadas asomarse por encima del pantalón, corrido por la fuerza de las manos que cargaron a este hombre para colocarlo en en camellón. El grupo de Protección civil lo dejó ahí, a salvo de los autos. Lo levantaron de la calle y le pusieron un cigarro entre los dedos. Blanco, limpio, apagado, el cigarro es tan contradictorio. Negro, este mundo es más contradictorio. Por detrás de su máscara de mugre, Ramón mira la ciudad que no lo quiere ver. Hay personas que sonríen de dolor.

miércoles, 24 de marzo de 2010

JUSTO EN EL DIA DE LA MEMORIA


JUSTO EN EL DIA DE LA MEMORIA


CUATRO ASAMBLEISTAS DE ANDALGALA
FUERON DETENIDOS E INCOMUNICADOS

Aldo y Moro Flores y dos muchachos de apellido Luna, todos integrantes de la Asamblea El Algarrobo de Andalgalá, fueron arrestados por averiguación del delito de violación de propiedad privada. Están incomunicados. En la comisaria de Andalgalá no dan informaciòn alguna. La detención de los compañeros de Andalgalá es un acto de represión y de provocación adjudicándoles hechos que no cometieron, ya que el propósito de los asambleístas consistió en inspeccionar las roturas del mineroducto, cuyos derrames y contaminación niega Mina Alumbrera. Uno de los hermanos Luna detenido es miembro de gendarmería nacional y vive en Buenos Aires. Se hallaba con los otros tres asambleistas midiendo la contaminación del río de Villavil con un detector de metales pesados. Por ese motivo fueron apresados.
La compañía minera es quien comete reiterados delitos por el vertido de la sopa química que acompaña los lodos de lixiviacion del cobre y de otros metales pesados, pruebas concluyentes obtenidas por funcionarios judiciales que procesaron en su momento a los responsables mineros.
El mineroducto colapsado y sus derrames estàn siendo ocultados por la empresa Mina Alumbrera.
La gente ha ido a manifestarse a la plaza, en búsqueda de información. Se calcula una concentración semejante a la que ocasionó la represión brutal sufrida por ese pueblo del oeste catamarqueño. En estos momentos la policía está poir arrojar gases a los manifestantes.
Las asambleas de todo el país se hallan en estado de alerta exigiendo la intervención de defensores del pueblo y de la justicia para lograr la libertad de los asambleistas.
CONTACTOS PARA NOTAS

ANDALGALA, Catamarca:
03835156909905
0383515400465
0383515422610
0383515525746



http://boletinmovidaambiental.blogspot.com/

lunes, 22 de febrero de 2010

Se busca el unicornio azul

José Luis decidió poner un anuncio en el periódico: “Se busca unicornio azul”. Era una idea anticuada, pero por lo tanto más romántica que enviar “una de esas cadenas” por internet. De qué se trata, se preguntó retórico J. L., de un acto simbólico inscrito en una corriente artística, en el ambiente de una época, aunque sea pasada (…de moda) y de esa forma en un campo semántico capaz de otorgarle al mensaje la potencia que requiere, o de hacerlo circular por un medio probablemente más efectivo, más amplio, pero menos público, más limitado a la voluntad de una serie de “nodos”, cibernautas, que forman parte de un rizoma trasnacional, pero culturalmente delimitado.
            De lo primero, por supuesto, dijo en voz alta, al tiempo que daba a su computadora la señal de enviar. El mensaje sería publicado en la sección de anuncios de un diario relativamente popular y que era leído en esa misma medida, pero no tenía por qué salir de su casa, si el trámite podía hacerlo en su computadora… O sí. “Claro, en qué estoy pensando, por supuesto que hay diferencia”, dijo al gato. Imprimió el mensaje y salió poniéndose la chamarra, y con el papel todavía en la mano.
El hombre del mostrador preguntó si era una broma:
—No podemos publicar eso; tiene que llenar todos los rubros del formulario, modelo, marca…
—No es un auto, es otra cosa.
—Tiene que especificar la “cosa”.
—“Un unicornio azul”, dice ahí.
— Eso no existe.
— Da igual, usted está para recibir el anuncio y cobrarlo, aquí están el dinero la redacción como quiero que aparezca publicado.
— Tengo que revisar que todo esté bien llenado, así que yo decido si se ingresa o no, y así no se acepta.
— Ok, amigo, disfruta de tu breve espacio de poder…
— ¿Mientras dure?
—Mientras dure.
El hombre estaba erguido y con ese aire de “así es la vida”, que resultaba bastante insoportable, más por la aceptación implícita y conformista de su miserable condición, que por el fracaso al que condenaba su despotismo.
“Se parece al imbécil taquillero de la Cineteca”, pernsó J. L.
De todas formas, el anuncio se había registrado por internet, pero J. L. consideró que el acontecimiento sería incompleto si no hacía todo el trámite institucional —aunque estuviera caduco— de acudir a una oficina para publicitar su anuncio. “Se busca unicornio azul. Urge recuperarlo, cualquier información, al 55 40 04 45”.
Había pasado tanta vida… Sabía que existía sólo una persona en el mundo que podía dar cuenta de lo que él llamaba su unicornio azul. Era una esperanza, una promesa de la vida que la misma vida se había encargado de no hacerle; era de hecho una vida que la vida había dado por terminada. “Un girasol en un salar”, solía decirse… “pero que sin embargo, a pesar de tanta vida, sigue vivo, y reconociendo al sol cada mañana que sale, y despidiéndolo por las noches, sin vacilar una sola vez por el brillante reflejo del paisaje”.
Poco tiempo después, en otro lugar, Morada decía desde su silla, frente a la pantalla: “Mira qué chistoso anuncio, mami. ¿El unicornio azul es una canción?”.
— No… Es otra cosa. Déjame ver.

domingo, 21 de febrero de 2010

El centro sin esquinas

Al centro lo quieren ver sin esquinas, dijo Eli, mientras se quitaba el brassiere de olanes negros. Se miró en el espejo. Dio una vuelta metiendo la panza, apretó las nalgas, pero antes de llegar a vérselas reviró el giro, acercando la cara bruscamente al espejo. Se quitó algo del ojo izquierdo y repitió: “Al centro lo quieren ver sin esquinas; un negocio redondo”. Se acarició los pechos y salió.
En un sillón a media luz, un hombre grande y gordo levanta una copa espumosa. Se limpia la barba y alza la vista. Su mirada penetra a Eli, la rebasa, sale por la ventana del lujoso baño e inicia un viaje fantástico por la noche. Luces de ciudad, todo en orden. Parece Las Vegas, pero es mejor que Las Vegas, piensa. “Ciudad de México“, dice el gordo en voz alta. Eli no se inmuta, parada en la puerta del baño, inmóvil, hasta que de pronto inicia su actuación. Al vuelo recoge una nota del aparato que suena no se sabe dónde.
Da unos cuantos pasos, demasiados, piensa, para ir del baño al sillón. Quién puede sostener la mirada ardiente durante un transcurso tan largo. No detiene el baile, su cuerpo sigue moviéndose, y a pesar de todo, sus ojos conservan el fuego.
Las piernas largas y bien formadas se muestran con todo su esplendor, apenas iluminadas por una lámpara de piso en cuyo alto se levanta una réplica del Ángel de la Independencia forjada en oro. 
El viaje del gordo se detiene justo cuando al pasar la mirada por el negro profundo que ubica entre las piernas de Eli. Lo penetra. Entre sus propias piernas sucede un intento de erección, insuficiente para levantar cualquier cosa debajo de esa norme barriga peluda. Intenta concentrarse, pero se cruza una idea que viene quién sabe de dónde, justo al mismo tiempo que una flecha le atravesaba la cabeza a la altura de las sienes, haciendo deslizar una gota oscura y brillante por la cara y hacia la barba. 
“Un centro sin esquinas... ¡Haremos las calles circulares!“ Se vio de pronto ordenándole esto al político que no acababa de poner las nalgas en el sillón de piel, y que sabía que tendría un mandato al salir de esa oficina, en las alturas de quién sabe qué torre “inteligente“. 
La mano de Eli intervino en el vacío; la imagen de sus dedos penetrando en el infinito hubieran provocado en cualquier cuerpo sano el mayor de los estremecimientos, pero este gordo es imbatible.
“El centro lo quieren sin esquinas”, repitió Eli en voz alta, justo cuando el gordo dejaba caer la cabeza en el respaldo del sillón y la copa se estrellaba en el tapete persa que delimitaba el espacio privado del cerdo magnate.
- Es un negocio redondo, acéptelo
-¿De qué chingaos me estás hablando?
- Ustedes quieren al Centro histórico sin esquinas.
- ¿Quiénes son “ustedes“; yo no soy “ustedes“, yo soy Yo, y el “Centro histórico es mío”, y hago con él lo que quiero.
El ombligo le brincaba en el centro de la enorme barriga. Eli dio media vuelta y se enfiló hacia el baño.
-¡Ve acá, tú también eres mía, yo te voy a pagar y haces lo que yo te diga!
-¡Usted no paga un carajo, usted roba, y conmigo no va a hacer más negocios!, alcanzó a decir ya casi iba alcanzando la puerta del baño.
Al atravesar el umbral, las nalgas de Eli brillaron como un relámpago.
- Ustedes quieren acabar con las esquinas... nos quieren a todas a su servicio en hoteluchos como este. 
Lo dijo apretando las nalgas de una manera sublime, mientras recogía algo de ropa en la entrada del baño. El gordo lo sintió como si le estuviera apretando el todavía flácido y pequeño miembro que se agazapaba debajo de su barriga. No hubo erección, sólo una repentina eyaculación, acompañada de un casi imperceptible gemido, que anunciaba el último latido de un músculo que no podría llamarse corazón.

Eli prosiguió su discurso en el baño: “Ustedes se creen el centro del universo, el ombligo del mundo; nosotras sólo reclamamos una esquina en la periferia, un metro cuadrado en donde trabajar dignamente... no a vendernos como creen ustedes, no a prostituirnos, como hacen ustedes, no a robar a todos, como acostumbran ustedes”.
Salió abrochándose el brasiere. “Cerdo”, alcanzó a murmurar, cuando vio al gordo con la cabeza tirada sobre el sillón y un hilo de semen escurriéndole entre las piernas.
Afuera encontró a la Petris. ‘Qué onda”, preguntó ella.
-Un asco, son un asco estos marranos burgueses. Pero yo les voy a dar su centro histórico sin esquinas, ya lo verás...

martes, 16 de febrero de 2010

Molestia


Deje ya de hacerse la chistosa, apúrese, qué no ve la cola que hay, dijo, una cabeza que apenas se asomaba entre la fila. La señora calculaba su presupuesto con cada verdura que la cajera pesaba. Le angustiaba que cada vez que ponía un artículo nuevo, apretaba la báscula con un costado de la mano; ¿sería que con eso hacía que las cosas “pesaran más”, es decir, que la báscula calculara a favor de la tienda? Era como una manía, de la cajera, a la que un hombre poco discreto vigilaba desde el pasillo, y de la clienta, quien contaba el dinero, sacándolo y regresándolo a su monedero. 
            Algunos otros clientes en la fila empezaban a ponerse también molestos; el comentario del hombre canoso había elevado la tensión. Unos se apuraban a calcular mentalmente lo que llevaban en el carrito, otros daban una nueva vuelta a la revista de chismes o se miraban las uñas.
   Usted cree que la tienda tiene tiempo de sobra para usted, señora. Mire la cola, nada más, qué va a decir la señorita; señorita, ¿no hay un supervisor, el gerente, alguien que apure a la señora? ¿Qué, le molesta mi comentario?
   Mire, señor, lo que me molesta es la injusticia.
   Ah, ¡le parece justo que toda esta gente esté aquí parada, esperando a que usted haga cuentas!
   No, señor, pero hay muchas cajas, ¿por qué no las abren?
   Pues porque no hay cajeras; y en todo caso la tienda no va a estar pagando cajeras, sólo porque hay señoras babosas que no saben calcular lo que compran.
   Mi hija está en casa sin trabajo, pero no la aceptan de cajera porque está embarazada…
   ¡Pues ese es su problema!
   Es lo que le digo, lo que me molesta no es que un viejo grosero me insulte en el super; eso es lo de menos. Me molesta la explotación de los trabajadores. Yo no sé, pero a mí me parece que también es explotación que no haya trabajo para algunos.
   ¡Vieja miserable!
   ¿Usted trabaja en Pemex?, porque lleva una camisa con el logotipo…
   Yo soy del sindicato…
   ¿Y no le parece que hay mucha pobreza?… y también mucha riqueza, vea nomás esta tienda gringa…
   Pobres, los jodidos, los que no trabajan, por flojos, no sé por qué.

Un par de hombres de traje se acercaron entonces, pidiendo a la señora que los acompañara. La llevaron a la salida de la tienda. Tome sus bolsas, señora, dijo uno. Son 245 pesos. Páguelos aquí a la cajera y no vuelva a esta tienda, por favor.
            La cajera la miró apenada. Yo también estaba embarazada antes de conseguir este trabajo, dijo. Tuve que esperar a tener mi bebé, y ahora lo dejo con una vecina, para venir a trabajar. Mi esposo está en la cárcel por robar materiales en su trabajo. Mire, no me pague nada, yo veo cómo le hago…
            Estaba a punto de devolverle el dinero cuando se asomó el gerente. El hombre de la camisa morada, del sindicato de Pemex, salió ufano. Una patrulla se estacionaba en la puerta del estacionamiento. Entonces empezó el terremoto.

La búsqueda


José se levantó una vez más. La cafetera dejó de sonar, señal de que el café se había quemado. Otra vez, carajo. Apagó la lumbre y regresó a la computadora. ¡Esta mierda, odio que Facebook me regrese siempre al pinche Muro! Movió el mouse, apretó una tecla y salió de nuevo hacia la cocina. Movió la cafetera y puso en su lugar un posillo con agua de la llave. Igual hierve, a mí me gusta caliente. Esta vez con mucha paciencia, tomó el mate, le dio un par de nalgadas y se ayudó con la pipeta para terminar de sacar a hierba vieja. Puso nueva, que sacó de un envase plástico tubular y metió la pipeta de nuevo, esta vez colocándola en el fondo del mate, abajo y a la izquierda. Colocó el mate a un lado de la estufa y no volvería por él sin antes dar dos o tres vueltas para ver el estado del agua. Mientras aprovechó para dar instrucciones a la computadora.
            Pero cómo podría llamarse, sería que tampoco le gustan estas cosas. Sería una verdadera antisocial, si no baila ni usa las redes virtuales; por eso estaba sola. Sí, se dijo, no podía ser de otra forma. Pero, esa mirada. No era de una que prefiere mirar cruda y críticamente a toda la gente, que asiste a una fiesta sólo para confirmar que nada tiene que hacer ahí. Y en todo caso, una persona así seguramente sería asidua de las redes sociales virtuales. Estoy seguro de que le gusté. Pero tampoco era que José tuviera tal poder de atracción. En realidad era una excepción que alguien lo mirara así en una fiesta, que hiciera lo posible por pararse cerca, sola y lista para ser abordada. Por lo tanto, tampoco tenía muchos recursos verbales, y esa radical coherencia que lo caracterizaba le impedía andar con historias o presunciones.
            Sirvió un poco de agua, acomodó la hierba con la pipeta, un poco más de agua y sin reservas dio un primer trago, largo, lento. Tenía que empezar con A. De hecho había escuchado que la llamaban Ale, pero no era esa tal Alexandra, ni ninguna de las Alejandras que aparecían arriba. El primer paso había sido tan fácil… Encontrar a la amiga no le había causado mucho problema. Serían grandes amigas en la vida real, así que… Esta también es la vida real. Uno puede tener un millón de “amigos”, “contactos”, en una red virtual, pero los verdaderos amigos, a los que uno frecuenta, con los que tiene relaciones cara a cara, esos deben estar entre los “amigos virtuales”, casi siempre con sólo media cara en su foto de perfil, en una pose extraña, sexy, en su mejor ángulo, caricaturizada, y muchos de plano ponen a su mascota o a su ídolo. Casi siempre da igual. Pero esta vez sería importante que la pudiera reconocer.
            Tenía listo el mensaje que pondría después de enviar la “solicitud de amistad”: No sé bailar, ni me gusta. No sé bailar era una de las pocas frases que había escuchado de aquella mujer ciertamente flaca, pero muy atractiva. Muy guapa. En realidad era el sueño de cualquier antisocial como él. Alguien que no quisiera presentarle a su familia, que no quisiera llevarlo a las fiestas de todos sus amigos, introducirlo en su círculo de amistades. Él es José, dice que adoptó el nombre por una novela de Kafka, diría presumiendo una cierta cultura que en todo caso le pertenecía a José y no a ella. Pero no, ésta no parecía de ese tipo. Le gustaba el rock, eso es seguro. Claro, debía estar poco actualizada. Y bueno, en realidad no hay mucho que escuchar en años recientes…
           Dio otro sorbo y miró a la computadora. Dejó un poco esta página, para leer de nuevo que en La Jornada no hablan más que del Peje y el PRD. Estoy hasta la madre de éstos. Volvió a la ventana de Facebook. Tenía un mensaje. Miró. Quién carajos es Alixóchitl Ka.

lunes, 15 de febrero de 2010

Un barquito

Había una vez un barquito en el que una hermosa pareja había iniciado una aventura por el océano.  Pero un día, no se sabe bien por qué razones, a ellos les pareció que la aventura se estaba poniendo peligrosa, de forma que tomaron dos lanchas y abandonaron la nave. Al bajar, la primera travesura del mar fue intentar separar ambas lanchas, lo cual habría logrado de inmediato, si no fuera porque uno de ellos tomó el remo de la otra lancha. Así anduvieron un tiempo, entre tempestades y bellos atardeceres, a veces más cerca, aveces más lejos; hasta que un día el mar se puso más picado y más cada vez. La mano terminó por cansarse y soltó la punta del remo, dejando que las yemas de los dedos resbalaran despacio, terminando por caer al vacío. Cada lanchita tomó su rumbo, ambas llegaron tarde o temprano a tierra firme, cada una en un continente al que acabaron haciendo propio. Ahí cada uno bajó y tomó rumbo tierra adentro. Una vez más vieron tempestades y preciosos atardeceres, tuvieron alegrías y dolores, y murieron mucho después, cada uno en tiempos y condiciones propias, separados, siempre separados. Del barco se supo poco, casi sólo que siguió a la deriva mucho tiempo, a veces con tempestades, a veces con lindos atardeceres, rondando el mundo, solo, sin alguien que lo condujera.

domingo, 3 de enero de 2010

Tortugas en el metro

Ahí van, como piedras preciosas en un hormiguero. Las bocas tapadas, también los ojos. Idénticos entre sí, destacan de la multitud no sólo por su apariencia extranjera sino sobre todo por una exagerada forma de vivir la experiencia del turismo. Son como un par de tortugas negras, con sus mochilas de plástico rígido cual caparazones en el pecho, cada uno mirando el hormiguero con sus rasgados ojos, bien protegidos debajo de unos lentes a la moda, por sobre el cuadro blanco que cubre el resto de sus caras. No hablan, miran de frente. Bien estirados en sus asientos parecen seguir al píe de la letra todas las indicaciones de un manual del buen turista, o del vendedor japonés que desde un escritorio del otro lado del mundo supone que el metro en México debe suponer una aventura digna de experimentar, con todas las precauciones de los “extreme games“, lo que incluye el equipo necesario, pero especialmente la actitud correcta.
“Si ud. hace lo que le digo, es bastante probable que nada le suceda en esta aventura en el otro mundo”, debe haber dicho el agente de turismo.
Un hombre alto, desparpajado y de actitud muy segura cruza el vagón. Se sienta frente a mí y se queda mirando de frente, como si en la ventana pasaran una telenovela, de esas que hay que observar absortos que nada pase. Tiene un tatuaje indescifrable en la mano derecha. Se escurre en el asiento. Es narcotraficante. Bueno, en realidad no es ESO lo que lo define, aunque entre sus actividades se encuentra la de haber traficado con algunas drogas. Acaba de salir de la cárcel, parece que apenas hace unos días. No piensa cometer ningún delito, pero tarde o temprano tendrá que comer. Sí, sabe que sería mejor buscar un trabajo, pero ha preguntado y nadie de sus conocidos tiene empleo desde hace más de tres años...
Por el momento disfruta viendo todo con nuevos ojos. Viajar en metro es algo que hizo durante toda su vida, pero que lógicamente no se puede hacer mientras se es convicto. Le parece fascinante. ¿Qué quiere decir esa calcomanía mal pegada en lo alto del vagón, en donde debajo de una cara muy seria se lee: “Nos vemos en 2010”?
El hombre que se sienta a su lado ni siquiera lo ha notado. Al subir, él observó a todos los pasajeros que quedaron a su paso. A mí, por supuesto. En Balderas una lluvia de recuerdos le moja los pensamientos y lo hace brincar del asiento casi a punto de que se cierren las puertas. Baja. Se dirige al hotel Garage Cecilia, para buscar una aventura de 100 pesos. Antes habría pasado al cine Teresa, si le quedara en camino. No sabe que las cosas han cambiado un tanto en el centro de esta ciudad.
Los japoneses también bajaron en Balderas. Ni unos ni otros sospechan que sus vidas se cruzarán indefectiblemente en los próximos minutos. Pero nada de lo que sucedió después me consta. Tras el cierre de las puertas siguieron pasando estaciones, una tras otra, División del norte, Zapata...

miércoles, 9 de diciembre de 2009


El sapito se murió. Se quedó pensando en la entropía; en cómo las cosas cambian y nunca vuelven a ser iguales; en cómo se acaba el amor y nunca vuelve a su lugar. El sapito se quedó quietecito, para ver si así podía evitar que sucedieran las cosas. Pero no. Así es la entropía, pensaba muerto de miedo. No se puede parar el mundo, o talvez debió decir el universo. Sintió cómo sus patitas se estiraban, como si estuviera en un aparato de tortura que llaman “caballo”, sus ojos empezaron a salir de las órbitas y corrieron disparados hacia distintos puntos del universo. Sus deditos también se estiraron, largos. Todo su cuerpo empezó a separarse, y de pronto, ¡pop!, explotó. Se murió el sapito. El sapito soy yo. Hasta aquí llegué.

martes, 1 de diciembre de 2009

Juan y el presidente

Juan entró a la iglesia cuidándose de que nadie lo viera. Tenía fama de peleonero y hacía mucho que dejó de asistir a misa o de siquiera pararse en la iglesia. La última vez el curo lo corrió, entre insultos y chisguetes de agua bendita, por pelear con uno que aseguraba que la Virgen le había cumplido el deseo de progresar económicamente, pero Juan sabía que ese era un esbirro del cacique de los vendedores ambulantes de la zona y no se había conseguido su dinero honestamente, ni mucho menos por un favor de la Virgen ni de ningún santo. Además, el pinche cura nomás servía para defender a rateros y abusadores.
Esta vez, no quería pelear con nadie. La policía se estaba llevando a la gente nomás por mirar feo o con cualquier otro pretexto, y el curita lo tenía hasta la madre. Uno de esos días se armaba de valor y les ponía en su madre a ambos, sin que nadie se enterara, y de paso al puto presidente disque del empleo. Pero mientras se dedicó a buscar trabajo, que era lo más difícil. Avanzó por un pasillo lateral sin hacer ruido. Llegó casi al altar y se detuvo frente a la imagen de la Virgen, esa que decía el Heladio que era milagrosa. Se persignó, rezó un Ave María, otro más y un Padre nuestro, nomás por no dejar. Luego lo soltó:
— Mira Virgencita, sea como sea, se me hace que al pinche Heladio sí lo andas protegiendo, o es que tiene una suerte… Pero yo me cae que no voy a ceder ante el Pelos, ese cacique maricón que pone a todo el mundo de su lado, nomás porque anda repartiendo impunidades. Bueno, pues yo vengo a pedirte lo mismo, nada más que eso sí, yo no le entro a la corrupción del Pelos. Te lo pido, Virgencita. Te lo prometo, más bien: tú ayúdame a conseguir un trabajo y me cae que no vuelvo a decir que al jodido del preciso Calderón le quiero romper su madre. Total, paqueloencuentre…
     Juan salió de la iglesia casi como entró, pero con la convicción de que esta vez sí conseguiría empleo. Era 20 de noviembre y nadie estaría pensando en solicitar trabajo, así que le pareció buen momento para emprender la búsqueda final.
     El balcón de Palacio parecía centro de reciclaje; había botellas de Evian, Aguapura, Nestlé, Bonafont y cuanta otra marca extrajera de agua pueda existir; botellas de refrescos diversos, piedras cubiertas con papeles, algunas con letreros amenazantes, otras eran bolsas vacías de papas y cacahuates, y una con una carta de apoyo, de un taxista, que había encontrado un maletín con mucho dinero, justo el día en que se anunció el fraude electoral que encumbró a Calderón a la presidencia. Al jefe del Estado mayor presidencial se le ocurrió una gran idea, mientras Calderón gritaba desaforado que qué carajos les pasaba, que no se quedaran ahí parados, que traigan al ejército, la aviación, la marina o que “vengan los pinches gringos a partirles su madre a esa bola de nacos allá afuera; ¡vamos! ¡¿qué esperan?”. Entonces el militar soltó:
—Yo tengo una idea. De chiquito me leyeron un cuento y desde entonces no se me olvida. Lo vamos a disfrazar de mendigo y así lo sacamos por una puerta lateral, mientras ponemos al gordo a que salude desde el balcón, ya si le cae algo de mierda, pues que se lo aguante él.
     El presidente todavía preguntó: “¿al secretario?” No, dijo Paredes, al gordito Ramírez; al secretario no le entra la banda presidencial. Pero el otro secretario, el de Bucareli, dijo que él quería hacerlo, que siempre quiso saber qué se sentía estar en ese balcón, aunque le lluevan a uno hasta las madres de las mentadas. “Que se ponga quien sea”, apresuró Calderón, y pidió que le dieran la ropa de algún invitado a la ceremonia de la Revolución. Pero nadie ahí eran tan pobre. Pura ropa de marca y muy a la moda. Así que tuvieron que hacer secuestrar a un pobre militante del 68, que en la salida del metro repartía volantes sobre “La verdad detrás del Comité General de Huelga y las acusaciones entre camaradas”.
     Calderón salió por una puerta de servicio sin que nadie lo viera. Caminó con todo un séquito de soldados vestidos con la ropa de yupies que habían hecho traer (secuestrar, pues) de la Condesa. Pero no alcanzaba la segunda esquina cuando se topó de frente con una pulquería, La Adelita. “Si voy a representar este papel de naco vagabundo, lo voy a hacer bien, con toda su indiosincracia”, dijo poniendo un pie adentro de la pulquería.
     Detrás de él entraron los soldados, quienes ya hasta hablaban de temas intelectuales, de la cultura y el arte. Disque, pues. Y detrás entró Juan. “Alto”, dijo Calderón disfrazado de vagabundo, “homeless”, como empezó a decir de sí mismo. “Esta pulquería está cerrada para el Presidente y sus amigos industriales”, continuó. Pero antes de que pudiera siquiera recordar que ahí no había sino soldados que ya estaban pensando mejor dedicarse a regentear fresitas en el parque México, un pesado puño cayó sobre su nariz, y luego otro le golpeó la panza, y el siguiente en una sien; una patada entre las piernas y un rozón, que si le ha pegado lo hubiera mandado al suelo completamente noqueado.
     Igual cayó, pero a Juan ya lo tundían los yupies en una esquina de la pulquería, cuando no se sabe de dónde una turba de borrachines empezó a cambiar la correlación de fuerzas. La pulquería se cerró con todos adentro, pero los soldados ya habían sido encuerados y estaban atados a unos bancos junto al baño. Calderón empezó a temer por su vida, pero un viejo se acercó y le dijo:“No te preocupes, mano, el Juan pega fuerte pero es muy lento, muévete rápido y verás que se cansa luego, luego. Ándale, levántate y rómpele su madre”.
     Juan lo esperaba con los puños en alto. “Ándale puto, no que muy amigo del presidente, aquí vas a ver quién es más preciso”. Pero en eso se apareció la Virgen y dijo: “Ándale tú, pinche Juan, nomás andas prometiendo y luego ni cumples; órale hijo de la chingada, nomás porque este cabrón a mí tampoco me cae bien. Ándale, vete de aquí, que no sé qué desmadre se traen allá afuera con eso del 2010, ¡Úrriale! ¡Sáquese perrrrro!”
     Lógicamente Juan salió disparado de ahí, pero diciendo. Pinche Heladio, pinchle Heladio, tú tuviste algo que ver, tú y el pinche curita, que también tiene sus influencias.

Ana dos veces

Ana salió de su casa brincando de alegría. Su mamá le había confesado que ella también era una princesa. A Morada también le gustarán las princesas, como a muchas niñas, pero ella era una princesa de verdad; su madre se lo había dicho. Miró a otro lado de la calle y lo que vio no lo pudo creer. La casa grande era en realidad un palacio. Un palacio de verdad, y el arroyo contaminado, que estaban a punto de entubar, tendía a ser un río, aunque nadie lo comprendiera.
     Ana desaceleró, subió despacio a la banqueta y se quedó mirando las sombras en una ventana del palacio. Empezó a soñar. Caminó un poco más y se sentó junto al árbol que había sembrado su padre. Lo que no se comparaba con el jardín que mandó a construir el señor gobernador, pero al menos el padre de Ana tenía el placer de haberlo sembrado y cuidado con sus propias manos.
     Ana soñó su futuro. Pero no le gustó lo que vio. El príncipe salió de su palacio en un auto último modelo. Dio una vuelta para impresionar, dejó que su caballo, es decir su deportivo, se pedorreara frente a Ana y la invitó a subir. Ana pensó en su sueño, pero volteó al cuarto de su madre y ella desde la ventana le hizo un gesto amable al mismo tiempo que amenazante, si no aprovechaba esta oportunidad, jamás tendría su aprobación para casarse con nadie más, ni, por supuesto, sería reconocida como una princesa de verdad. Tal como recién lo era. Ana volvió del paseo un poco confundida, pero decidida a casarse. 
     El día de su boda era todo un acontecimiento. Una gran fiesta había sido preparada. Vestidos, bebidas, comida y muchos adornos. Con mucho cuidado, Ana terminó de ponerse el vestido, después de que la habían peinado y maquillado estilistas profesionales. Se paró frente al espejo y de pronto… se le cayó la sonrisa. Su cara quedó vacía o semi vacía, o… bueno, decía, me quedan nariz y ojos, pero no puedo salir así, sin boca, sin sonrisa.
     Y salió, y se casó, y nadie lo notó. Entre tanto oro, plata, regalos y glamour, nadie, ni siquiera el novio cuando la besó, supo que Ana había perdido la sonrisa. Pero cómo fue, se preguntaba. “El maldito lápiz labial, eso fue… no, no la otra cosa, o la toalla esa con la que me limpiaron, el polvo espantoso que olía tan mal… qué fue, que fue…”
     Ana vivió su vida más o menos como la soñó. Al final dejó al príncipe, su palacio y toda esa mierda; se volvió militante y luchó muy duro contra la monarquía, contra los monopolios, la oligarquía, el imperialismo, la explotación, el capitalismo, el machismo… Se aprendió todas las consignas de memoria, coreó los himnos, y supo que la revolución no se puede hacer sin las mujeres, como decían en Nicaragua, que en la lucha tampoco puede faltar la marimba; sospechó que si los ojos detrás del pasamontañas sonríen sería porque la boca escondida también lo hacía, pero ella no tenía boca, no tenía sonrisa y ya ni se acordaba cómo sonreír.
     Trató colocándose en paliacate, pero los ojos la delataban: no estaba sonriendo. “Compañera”, le decía uno, “así no se va a poder, si no sonríes, pues como que no cambia la cosa. Es como si fuéramos a tomar una foto, ¿ves? Todos están listos, pero hay uno, o una, pues, que no sonríe… o que de plano se voltea, porque los hay que se voltean, ¿eh?, pero ahí están de necios que quieren salir en la foto, participar, pues, en la lucha, que de por sí no es una foto, sino que es como una película, que se va moviendo y moviendo y nunca para”.
—No puedo, compa, es que ustedes no me entienden, a mí se me cayó un día de plano y ya nunca la pude recuperar.
— Sí te entendemos, compa, a nosotros tuvieron que venir nuestros muertos, nuestros antepasados a ponernos de nuevo las sonrisas; por eso nos las tapamos, para que nunca más puedan arrancárnoslas, y por eso ustedes ven que como que sonreímos con los ojos, porque a los hermanos pobres de todo el mundo les ponemos miradas de cariño, mientras que a los malos gobiernos y a los ricos ladrones les echamos ojos de pistola, de rabia, pues, para que vean que tenemos sonrisas pero no son para ellos.
     Ana se puso a llorar y repetía que no podía, que nunca iba a poder. La gente la miró callada, pero pensando: “híjole, pues paciencia le tenemos toda la del mundo, lo que no hay es tiempo, y ahora cómo le hacemos”. Todos se sentaron. Prendieron un fuego, sacaron pozol, se acomodaron, se quitaron los paliacates y fueron saliendo historias, canciones, llegaron los muertos, los antepasados; se fue la noche, y al despertar, Ana vio su sonrisa caída a un lado suyo. La tomó y la colocó en su boca esperando que no se quedara pegada, pero se quedó. Corrió a mirarse en un espejo, pero no había. Así que le preguntó a uno si podía ver su sonrisa, y éste asintió; a otro, lo mismo, una, uno, otra, otra, muchos; todos afirmaban con los ojos.
     Ana salió de su casa brincando de alegría. Su mamá le contó una historia de hombres y mujeres dignos que una vez lucharon contra un dragón llamado capitalismo, y lo derrotaron sólo con las miradas: miles, millones de pares de ojos (y de manos) habían puesto al monstruo patas arriba. Miró al horizonte y vio a un hombre plantar un árbol. “Qué chingados hace mi papá”, se preguntó, “sembrando nopales en medio de la laguna…” 

sábado, 28 de noviembre de 2009

Girar


Ela empujó la puerta con el zapato negro. Despacio, sin fuerza; su talón se fue doblando hasta que un impulso de mi brazo liberó la puerta. Ella se giró, probablemente sobre el otro pie, y detuvo la puerta con las nalgas. Su cara quedó un poco más cerca de la mía. Un mechón cayó sobre su cara y sus ojos se entrecerraron. Puse la cajita con el pastel en sus manos, justo a la altura de su pecho. Un rayo de la luz de la lámpara de la plaza aprovechó que mi sombra se movía para tocarle el pecho izquierdo, que se asomaba distraído. La piel se le enchinó y una lágrima bajó lenta por su mejilla.
— Buenas noches, chapas.
— Buenas… gracias.
Se agachó un poco más y simuló un intento de abrazo, pasando el mechón muy cerca de mi cara. En su cuello, puede percibir el efecto de la noche en su perfume. La piel de Ela volvió a enchinarse. Esta vez la mía también. Pude sentir cómo el olor bajaba por dentro de mí, como un relámpago que se me estrellaba en el pubis.
Enderezó su cuerpo para volver a girar, quedando dentro del edificio. Subió como una sombra, envuelta en la gabardina negra. Una lámpara de la plaza aprovechó el último instante para acariciar sus piernas.
Yo también giré. Di dos pasos y comencé a elevarme. Seguí caminando y alcancé un tejado cercano. Ahí me detuve y vi cómo Ela subía las escaleras, ya adentro de su casa. No llevaba la gabardina. Subió quitándose la ropa. Entró al cuarto solamente con zapatos y la falda roja. Sus pechos colgaban sonriendo, mientras el brassiere negro le colgaba de los hombros. Su pierna se estiró por debajo de la falda, mientras ella distraída soltó la correa al zapato. Dobló la pierna y lo hizo caer. Repitió la operación con la pierna izquierda, pero esta vez se detuvo para masajear el talón lastimado. Un rayo subió por su pantorrilla, en la rodilla se separó y corrieron dos hormigueos, uno por fuera y otro por dentro de su muslo. Éste la hizo doblarse para buscar en su empeine el punto exacto del placer.
Trató y buscó, pero por más que se sentía cada vez más excitada, un rayo tal no volvió a aparecer. Poco a poco fue subiendo por la pierna esos remolinos que dibujaba con los dedos, hasta que el índice ágil entró por un costado del calzón, dio una vuelta más y, aprovechando el jugo de su sexo, se clavó lentamente en las arenas movedizas de su propio cuerpo.
Lenguas húmedas se abrían a su paso, sólo para volver a apretarlo y dificultarle la salida. Algo lo hizo clavarse rápido, buscando el fondo de esa caverna interminable. Ela levantó la cabeza, señalando cada rincón del mundo con la punta de un mechón cada vez más  grande. Apretó los ojos y las piernas, abrió la boca y se giró doblándose sobre la cama. Calló despacio. Abrió las piernas y fue sacando el dedo lentamente. El índice giró una vez sobre el monte pubis y dio paso al dedo medio. Éste, con mejor suerte, no encontró el fondo pero sí un punto, un lugar, un hueco, algo que pareció ser lo que estaba buscando. Ela tembló, gimió y se giró sobre la cama, sin sacar el dedo. Así se quedó dormida.
La luz de su cuarto siguió prendida mucho tiempo. Yo temblaba en la lluvia que comenzó justo después de que la escuché gemir. Había estado mirando la escalera vacía por un buen rato. Bajé del tejado con un brinco. En cada paso me fundía con el agua de los charcos. Iba pensando en aquel día que Ela me besó al bajar del camión. Fue la primera vez que caminé sin pisar el suelo. Di vuelta en la esquina y no supe más de mí.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Por alguna razón, en este blog casi todo mira a la izquierda...

Había unas feministas que creían en el Estado (y viceversa)

Había una (y otra vez) unas feministas que creían en el Estado. Qué raro, pero así era. “Este país es una mierda”, dijeron, escribieron, gritaron, y hasta pintaron en las paredes, seguido de consignas diversas que denunciaron el maltrato, la discriminación, la violencia, el abuso, la injusticia hacia las mujeres; en fin, el machismo, el paternalismo y todo eso de lo que Engels hablaba en su tediosa obra que Silvio Rodríguez resignificó en más o menos tres minutos de “nueva canción cubana”. Paro a las feministas no les gusta Engels, ni mucho menos Marx, el abusador de sirvientas.
Bueno, pues nuestras feministas se juntaron y rápidamente elaboraron la Carpeta rosa. Un archivo bien documentado y detalladísimo de casos de todo tipo de violencia hacia las mujeres en ese país de mierda. La llevaron a la tele pero no consiguieron más que unas entrevistas bastante amarillistas y con muy poco contenido de género. “Vea usted cómo en esta pobre casita la desesperación ha llevado al jefe de familia a una violencia inexplicable para cualquiera en sus cinco (sentidos)”, dijo la conductora, mientras en la tele se mostraban las partes más sucias y derruidas de la casita videograbada, y la cara moreteada de una mujer.
Aunque tampoco fue en vano. La noche de la transmisión llamó la diputada Pedraza, para anunciar que en su partido esas “mujeres luchonas y comprometidas de la sociedad civil” tendrían cabida y una respuesta a sus justas demandas. “Yo me comprometo ante este auditorio…” comenzó a decir la diputada antes de que una voz la interrumpiera para avisarle que no estaba “al aire”, que aunque en el programa se dijera que era “en vivo”, éste había sido grabado ayer. “Pero le transmitiremos su mensaje a Las Rosas”, que es como había decidido llamarse el grupo de feministas.
En realidad, había sido sólo una parte de ellas; bueno, sólo dos, que eran las que asistieron a la televisora para aparecer en entrevista. Aparte de doña Petra, quien daría su testimonio, pero ella no contaba, no le preguntaron su opinión cuando hubo que decidir un nombre, justo a punto de empezar la grabación. Y es que no era formalmente miembra de la organización “Las Rosas. Un paso adelante”, que es como finalmente terminaron llamándose, luego de una discusión en asamblea.
Llamaron a Pedraza, pero ella ya no estaba tan segura: “Compañera, esos son temas muy importantes, pero en el partido tenemos otras prioridades”, le había dicho Ortega. “Nos vamos con el Azul”, dijeron las Rosas… Lo que al final motivó una llamada directamente de la secretaria de Ortega.
“Con las leyes que aprobamos hoy”, dijo Pedroza el mismo día en que asumió como presidenta del Congreso, “el Estado recupera la fuerza y el país la dignidad. ¡No más familias desechas por la violencia y la inhumanidad!”, gritó.
Un mes después, don Tacho era encarcelado, acusado de mirar a una mujer en el metro. Don Tacho llegó a la delegación con el cargo de resistencia ante la autoridad, por negarse a entregar sus cd de música pirata, y por alborotar. Lo detuvieron porque se negó a dar “mordida” y a entregar su mercancía. Se había puesto a gritar: “que a quién carajos se le ocurría pensar que la música es propiedad de alguien, que la cultura no puede ser patrimonio de nadie, bla, bla, bla, señor juez”, dijo el policía.
Minutos después ya se estaba “careando” con una secretaria que se levantó y dijo que don Tacho la había mirado en el metro, que se asomaba insistentemente sobre el escote y que su mirada era sugerente. Don Tacho no entendía nada, pero fue directito a la cárcel, porque lógicamente no podía pagar la multa que, aprovechando una justificadísima ley impulsada por Pedraza, su partido y las feministas, el ministerio público quiso arrancarle.
No puede relatarse la situación en la que quedaron la madre, la esposa, el hijo y la hija de don Tacho, ni queda espacio suficiente para señalar la violencia estatal y social que significó para estas personas el encarcelamiento del Jefe de familia.


martes, 10 de noviembre de 2009

No traemos miedo

Cómo se le explica a un asaltante bonaerense que en estos días los mexicanos ya no creemos en nada; que en ese país a los policías los han tenido de disfrazar como máquinas de película; que hace tres años televisaron horas enteras las caras sangrantes, las pieles moradas, los rostros heridos de Atenco, que a Oaxaca la asediaron con barcos y aviones de la marina, que en Acteal nos mostraron uno de los rostros más horribles de la violencia de Estado...

        Esta tarde, cuando el aire de otoño por fin se decidió a acompañar con nubes semi teñidas a las hojas que ya hace días abandonaron sus árboles, cuando las señoras de sociedad recomiendan no alojar mexicanos en casa y los políticos aprovechan la terapia de shock —que el poder transnacional infringe a través de los cerdos en México— para apelar a los nacionalismos, un joven, seguramente arrojado a la calle por los camisas pardas de Macri, se acerca aparentemente ofreciendo una revista que el anterior gobierno citadino (PJ) creó para paliar un poco el hambre de los sincasa, quienes solían venderla para ganarse unas monedas. Dice algo parecido a que le demos una ayuda para que deje de vivir en la calle. “No tenemos dinero”, decimos con tono de mentira. Luego pregunta de dónde somos, y fatalmente cae en la tentación del tema de moda, el orden del discurso dominante: “¿Vinieron huyendo de la epidemia esa.?” Trata de aprovechar la broma para espantarnos. Bajito dice que en la cintura tiene un arma y no quiere lastimarnos. El desenlace es confuso y cada uno tiene sus conclusiones, cada quien (Ela, el tipo y yo) recuerda de manera distinta lo que pasó después; es decir, cada cabeza registró y privilegió distintos detalles, que juntos armaron historias diversas, dando sentidos diferentes al final de este altercado. Ela ya estaba casi sobre la calle cuando decidimos irnos de ahí.
        Si nos hubiéramos quedado, si nos hubiese espantado la amenaza del arma en su cintura o del revólver en poder de su compañero, probablemente nada de esto pasaría por nuestras cabezas. Otro tipo de reflexión, nos ocuparía.
        El problema, debe pensar el desdichado, es que no tengo un arma. La ventaja, piensa Ela, es que es tan distraída. La desdicha, pienso, es que ya no traemos miedo a las cosas comunes; tanto han gastado en espantarnos, que ahora apenas tememos al terror.  

* Por supuesto, el nombre de este blog está tomado de la famosa obra que Antonio Gramsci escribiera desde una cárcel milanesa hace exactamente ochenta años, y que desde los años setenta ha sido publicada como “Los cuadernos de la cárcel”. Poco se parece la situación italiana del fascismo de los treinta a la del México del bicentenario. Aunque poco no quiere decir nada. Las semejanzas entre Benito y Felipito (por supuesto que no hablo de Don Gato y Mafalda) las encontrará el lector por su cuenta.

Con todo, las líneas que se comparten en este blog fueron realizadas desde la calle y no desde una cárcel. Aunque, efectivamente, pisaron primero algún cuaderno. ¿En libertad? Bueno, la respuesta es relativa y da para más preguntas que afirmaciones: ¿Puede hablarse de libertad en la actualidad, cuando somos vigilados por cámaras “de seguridad” en las tiendas de autoservicio, en el metro, en las calles, en las escuelas y oficinas…; cuando el pensamiento dominante prescribe desconfiar, vigilar, acusar al semejante; cuando los medios de comunicación nos machacan todo el día con el terror y la enajenación; puede hablarse de libertad, en fin, en el capitalismo?

Más de uno ha señalado ya que la democracia liberal lo que vino a legitimar fue precisamente la libertad acotada al dinero. Mientras en el feudalismo el esclavismo y la desigualdad eran legales, en el capitalismo son legítimos con base en el poder económico.

Sin embargo, siempre quedan resquicios para la emancipación. Los cuadernos de la calle pretenden únicamente contribuir con una uñita, como dicen los zapatistas, para rasgar una línea, una forma, en el muro que divide a los de arriba y a los de abajo, en el paredón al que suelen ser condenados aquellos que una y mil veces se rebelan en la historia; ese Muro que un día caerá no como “fin de la Historia” y supuesto triunfo final del capitalismo, sino sobre la cabeza de los capitalistas, como derrota definitiva del capitalismo y el pensamiento único, hegemónico, dominante, heterogeneizante. Será el principio, pues, de las historias, los cuentos, las utopías, las emancipaciones, las libertades…

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