Líneas y formas para llevar

Si te gusta algo de aquí, puedes usarlo libremente, siempre que no seas una empresa capitalista, alguien que explota la fuerza de trabajo ajena, un represor o un transa que quiere adjudicarse estas líneas callejeras... *

José Kaff

domingo, 3 de enero de 2010

Tortugas en el metro

Ahí van, como piedras preciosas en un hormiguero. Las bocas tapadas, también los ojos. Idénticos entre sí, destacan de la multitud no sólo por su apariencia extranjera sino sobre todo por una exagerada forma de vivir la experiencia del turismo. Son como un par de tortugas negras, con sus mochilas de plástico rígido cual caparazones en el pecho, cada uno mirando el hormiguero con sus rasgados ojos, bien protegidos debajo de unos lentes a la moda, por sobre el cuadro blanco que cubre el resto de sus caras. No hablan, miran de frente. Bien estirados en sus asientos parecen seguir al píe de la letra todas las indicaciones de un manual del buen turista, o del vendedor japonés que desde un escritorio del otro lado del mundo supone que el metro en México debe suponer una aventura digna de experimentar, con todas las precauciones de los “extreme games“, lo que incluye el equipo necesario, pero especialmente la actitud correcta.
“Si ud. hace lo que le digo, es bastante probable que nada le suceda en esta aventura en el otro mundo”, debe haber dicho el agente de turismo.
Un hombre alto, desparpajado y de actitud muy segura cruza el vagón. Se sienta frente a mí y se queda mirando de frente, como si en la ventana pasaran una telenovela, de esas que hay que observar absortos que nada pase. Tiene un tatuaje indescifrable en la mano derecha. Se escurre en el asiento. Es narcotraficante. Bueno, en realidad no es ESO lo que lo define, aunque entre sus actividades se encuentra la de haber traficado con algunas drogas. Acaba de salir de la cárcel, parece que apenas hace unos días. No piensa cometer ningún delito, pero tarde o temprano tendrá que comer. Sí, sabe que sería mejor buscar un trabajo, pero ha preguntado y nadie de sus conocidos tiene empleo desde hace más de tres años...
Por el momento disfruta viendo todo con nuevos ojos. Viajar en metro es algo que hizo durante toda su vida, pero que lógicamente no se puede hacer mientras se es convicto. Le parece fascinante. ¿Qué quiere decir esa calcomanía mal pegada en lo alto del vagón, en donde debajo de una cara muy seria se lee: “Nos vemos en 2010”?
El hombre que se sienta a su lado ni siquiera lo ha notado. Al subir, él observó a todos los pasajeros que quedaron a su paso. A mí, por supuesto. En Balderas una lluvia de recuerdos le moja los pensamientos y lo hace brincar del asiento casi a punto de que se cierren las puertas. Baja. Se dirige al hotel Garage Cecilia, para buscar una aventura de 100 pesos. Antes habría pasado al cine Teresa, si le quedara en camino. No sabe que las cosas han cambiado un tanto en el centro de esta ciudad.
Los japoneses también bajaron en Balderas. Ni unos ni otros sospechan que sus vidas se cruzarán indefectiblemente en los próximos minutos. Pero nada de lo que sucedió después me consta. Tras el cierre de las puertas siguieron pasando estaciones, una tras otra, División del norte, Zapata...

miércoles, 9 de diciembre de 2009


El sapito se murió. Se quedó pensando en la entropía; en cómo las cosas cambian y nunca vuelven a ser iguales; en cómo se acaba el amor y nunca vuelve a su lugar. El sapito se quedó quietecito, para ver si así podía evitar que sucedieran las cosas. Pero no. Así es la entropía, pensaba muerto de miedo. No se puede parar el mundo, o talvez debió decir el universo. Sintió cómo sus patitas se estiraban, como si estuviera en un aparato de tortura que llaman “caballo”, sus ojos empezaron a salir de las órbitas y corrieron disparados hacia distintos puntos del universo. Sus deditos también se estiraron, largos. Todo su cuerpo empezó a separarse, y de pronto, ¡pop!, explotó. Se murió el sapito. El sapito soy yo. Hasta aquí llegué.

martes, 1 de diciembre de 2009

Juan y el presidente

Juan entró a la iglesia cuidándose de que nadie lo viera. Tenía fama de peleonero y hacía mucho que dejó de asistir a misa o de siquiera pararse en la iglesia. La última vez el curo lo corrió, entre insultos y chisguetes de agua bendita, por pelear con uno que aseguraba que la Virgen le había cumplido el deseo de progresar económicamente, pero Juan sabía que ese era un esbirro del cacique de los vendedores ambulantes de la zona y no se había conseguido su dinero honestamente, ni mucho menos por un favor de la Virgen ni de ningún santo. Además, el pinche cura nomás servía para defender a rateros y abusadores.
Esta vez, no quería pelear con nadie. La policía se estaba llevando a la gente nomás por mirar feo o con cualquier otro pretexto, y el curita lo tenía hasta la madre. Uno de esos días se armaba de valor y les ponía en su madre a ambos, sin que nadie se enterara, y de paso al puto presidente disque del empleo. Pero mientras se dedicó a buscar trabajo, que era lo más difícil. Avanzó por un pasillo lateral sin hacer ruido. Llegó casi al altar y se detuvo frente a la imagen de la Virgen, esa que decía el Heladio que era milagrosa. Se persignó, rezó un Ave María, otro más y un Padre nuestro, nomás por no dejar. Luego lo soltó:
— Mira Virgencita, sea como sea, se me hace que al pinche Heladio sí lo andas protegiendo, o es que tiene una suerte… Pero yo me cae que no voy a ceder ante el Pelos, ese cacique maricón que pone a todo el mundo de su lado, nomás porque anda repartiendo impunidades. Bueno, pues yo vengo a pedirte lo mismo, nada más que eso sí, yo no le entro a la corrupción del Pelos. Te lo pido, Virgencita. Te lo prometo, más bien: tú ayúdame a conseguir un trabajo y me cae que no vuelvo a decir que al jodido del preciso Calderón le quiero romper su madre. Total, paqueloencuentre…
     Juan salió de la iglesia casi como entró, pero con la convicción de que esta vez sí conseguiría empleo. Era 20 de noviembre y nadie estaría pensando en solicitar trabajo, así que le pareció buen momento para emprender la búsqueda final.
     El balcón de Palacio parecía centro de reciclaje; había botellas de Evian, Aguapura, Nestlé, Bonafont y cuanta otra marca extrajera de agua pueda existir; botellas de refrescos diversos, piedras cubiertas con papeles, algunas con letreros amenazantes, otras eran bolsas vacías de papas y cacahuates, y una con una carta de apoyo, de un taxista, que había encontrado un maletín con mucho dinero, justo el día en que se anunció el fraude electoral que encumbró a Calderón a la presidencia. Al jefe del Estado mayor presidencial se le ocurrió una gran idea, mientras Calderón gritaba desaforado que qué carajos les pasaba, que no se quedaran ahí parados, que traigan al ejército, la aviación, la marina o que “vengan los pinches gringos a partirles su madre a esa bola de nacos allá afuera; ¡vamos! ¡¿qué esperan?”. Entonces el militar soltó:
—Yo tengo una idea. De chiquito me leyeron un cuento y desde entonces no se me olvida. Lo vamos a disfrazar de mendigo y así lo sacamos por una puerta lateral, mientras ponemos al gordo a que salude desde el balcón, ya si le cae algo de mierda, pues que se lo aguante él.
     El presidente todavía preguntó: “¿al secretario?” No, dijo Paredes, al gordito Ramírez; al secretario no le entra la banda presidencial. Pero el otro secretario, el de Bucareli, dijo que él quería hacerlo, que siempre quiso saber qué se sentía estar en ese balcón, aunque le lluevan a uno hasta las madres de las mentadas. “Que se ponga quien sea”, apresuró Calderón, y pidió que le dieran la ropa de algún invitado a la ceremonia de la Revolución. Pero nadie ahí eran tan pobre. Pura ropa de marca y muy a la moda. Así que tuvieron que hacer secuestrar a un pobre militante del 68, que en la salida del metro repartía volantes sobre “La verdad detrás del Comité General de Huelga y las acusaciones entre camaradas”.
     Calderón salió por una puerta de servicio sin que nadie lo viera. Caminó con todo un séquito de soldados vestidos con la ropa de yupies que habían hecho traer (secuestrar, pues) de la Condesa. Pero no alcanzaba la segunda esquina cuando se topó de frente con una pulquería, La Adelita. “Si voy a representar este papel de naco vagabundo, lo voy a hacer bien, con toda su indiosincracia”, dijo poniendo un pie adentro de la pulquería.
     Detrás de él entraron los soldados, quienes ya hasta hablaban de temas intelectuales, de la cultura y el arte. Disque, pues. Y detrás entró Juan. “Alto”, dijo Calderón disfrazado de vagabundo, “homeless”, como empezó a decir de sí mismo. “Esta pulquería está cerrada para el Presidente y sus amigos industriales”, continuó. Pero antes de que pudiera siquiera recordar que ahí no había sino soldados que ya estaban pensando mejor dedicarse a regentear fresitas en el parque México, un pesado puño cayó sobre su nariz, y luego otro le golpeó la panza, y el siguiente en una sien; una patada entre las piernas y un rozón, que si le ha pegado lo hubiera mandado al suelo completamente noqueado.
     Igual cayó, pero a Juan ya lo tundían los yupies en una esquina de la pulquería, cuando no se sabe de dónde una turba de borrachines empezó a cambiar la correlación de fuerzas. La pulquería se cerró con todos adentro, pero los soldados ya habían sido encuerados y estaban atados a unos bancos junto al baño. Calderón empezó a temer por su vida, pero un viejo se acercó y le dijo:“No te preocupes, mano, el Juan pega fuerte pero es muy lento, muévete rápido y verás que se cansa luego, luego. Ándale, levántate y rómpele su madre”.
     Juan lo esperaba con los puños en alto. “Ándale puto, no que muy amigo del presidente, aquí vas a ver quién es más preciso”. Pero en eso se apareció la Virgen y dijo: “Ándale tú, pinche Juan, nomás andas prometiendo y luego ni cumples; órale hijo de la chingada, nomás porque este cabrón a mí tampoco me cae bien. Ándale, vete de aquí, que no sé qué desmadre se traen allá afuera con eso del 2010, ¡Úrriale! ¡Sáquese perrrrro!”
     Lógicamente Juan salió disparado de ahí, pero diciendo. Pinche Heladio, pinchle Heladio, tú tuviste algo que ver, tú y el pinche curita, que también tiene sus influencias.

Ana dos veces

Ana salió de su casa brincando de alegría. Su mamá le había confesado que ella también era una princesa. A Morada también le gustarán las princesas, como a muchas niñas, pero ella era una princesa de verdad; su madre se lo había dicho. Miró a otro lado de la calle y lo que vio no lo pudo creer. La casa grande era en realidad un palacio. Un palacio de verdad, y el arroyo contaminado, que estaban a punto de entubar, tendía a ser un río, aunque nadie lo comprendiera.
     Ana desaceleró, subió despacio a la banqueta y se quedó mirando las sombras en una ventana del palacio. Empezó a soñar. Caminó un poco más y se sentó junto al árbol que había sembrado su padre. Lo que no se comparaba con el jardín que mandó a construir el señor gobernador, pero al menos el padre de Ana tenía el placer de haberlo sembrado y cuidado con sus propias manos.
     Ana soñó su futuro. Pero no le gustó lo que vio. El príncipe salió de su palacio en un auto último modelo. Dio una vuelta para impresionar, dejó que su caballo, es decir su deportivo, se pedorreara frente a Ana y la invitó a subir. Ana pensó en su sueño, pero volteó al cuarto de su madre y ella desde la ventana le hizo un gesto amable al mismo tiempo que amenazante, si no aprovechaba esta oportunidad, jamás tendría su aprobación para casarse con nadie más, ni, por supuesto, sería reconocida como una princesa de verdad. Tal como recién lo era. Ana volvió del paseo un poco confundida, pero decidida a casarse. 
     El día de su boda era todo un acontecimiento. Una gran fiesta había sido preparada. Vestidos, bebidas, comida y muchos adornos. Con mucho cuidado, Ana terminó de ponerse el vestido, después de que la habían peinado y maquillado estilistas profesionales. Se paró frente al espejo y de pronto… se le cayó la sonrisa. Su cara quedó vacía o semi vacía, o… bueno, decía, me quedan nariz y ojos, pero no puedo salir así, sin boca, sin sonrisa.
     Y salió, y se casó, y nadie lo notó. Entre tanto oro, plata, regalos y glamour, nadie, ni siquiera el novio cuando la besó, supo que Ana había perdido la sonrisa. Pero cómo fue, se preguntaba. “El maldito lápiz labial, eso fue… no, no la otra cosa, o la toalla esa con la que me limpiaron, el polvo espantoso que olía tan mal… qué fue, que fue…”
     Ana vivió su vida más o menos como la soñó. Al final dejó al príncipe, su palacio y toda esa mierda; se volvió militante y luchó muy duro contra la monarquía, contra los monopolios, la oligarquía, el imperialismo, la explotación, el capitalismo, el machismo… Se aprendió todas las consignas de memoria, coreó los himnos, y supo que la revolución no se puede hacer sin las mujeres, como decían en Nicaragua, que en la lucha tampoco puede faltar la marimba; sospechó que si los ojos detrás del pasamontañas sonríen sería porque la boca escondida también lo hacía, pero ella no tenía boca, no tenía sonrisa y ya ni se acordaba cómo sonreír.
     Trató colocándose en paliacate, pero los ojos la delataban: no estaba sonriendo. “Compañera”, le decía uno, “así no se va a poder, si no sonríes, pues como que no cambia la cosa. Es como si fuéramos a tomar una foto, ¿ves? Todos están listos, pero hay uno, o una, pues, que no sonríe… o que de plano se voltea, porque los hay que se voltean, ¿eh?, pero ahí están de necios que quieren salir en la foto, participar, pues, en la lucha, que de por sí no es una foto, sino que es como una película, que se va moviendo y moviendo y nunca para”.
—No puedo, compa, es que ustedes no me entienden, a mí se me cayó un día de plano y ya nunca la pude recuperar.
— Sí te entendemos, compa, a nosotros tuvieron que venir nuestros muertos, nuestros antepasados a ponernos de nuevo las sonrisas; por eso nos las tapamos, para que nunca más puedan arrancárnoslas, y por eso ustedes ven que como que sonreímos con los ojos, porque a los hermanos pobres de todo el mundo les ponemos miradas de cariño, mientras que a los malos gobiernos y a los ricos ladrones les echamos ojos de pistola, de rabia, pues, para que vean que tenemos sonrisas pero no son para ellos.
     Ana se puso a llorar y repetía que no podía, que nunca iba a poder. La gente la miró callada, pero pensando: “híjole, pues paciencia le tenemos toda la del mundo, lo que no hay es tiempo, y ahora cómo le hacemos”. Todos se sentaron. Prendieron un fuego, sacaron pozol, se acomodaron, se quitaron los paliacates y fueron saliendo historias, canciones, llegaron los muertos, los antepasados; se fue la noche, y al despertar, Ana vio su sonrisa caída a un lado suyo. La tomó y la colocó en su boca esperando que no se quedara pegada, pero se quedó. Corrió a mirarse en un espejo, pero no había. Así que le preguntó a uno si podía ver su sonrisa, y éste asintió; a otro, lo mismo, una, uno, otra, otra, muchos; todos afirmaban con los ojos.
     Ana salió de su casa brincando de alegría. Su mamá le contó una historia de hombres y mujeres dignos que una vez lucharon contra un dragón llamado capitalismo, y lo derrotaron sólo con las miradas: miles, millones de pares de ojos (y de manos) habían puesto al monstruo patas arriba. Miró al horizonte y vio a un hombre plantar un árbol. “Qué chingados hace mi papá”, se preguntó, “sembrando nopales en medio de la laguna…” 

sábado, 28 de noviembre de 2009

Girar


Ela empujó la puerta con el zapato negro. Despacio, sin fuerza; su talón se fue doblando hasta que un impulso de mi brazo liberó la puerta. Ella se giró, probablemente sobre el otro pie, y detuvo la puerta con las nalgas. Su cara quedó un poco más cerca de la mía. Un mechón cayó sobre su cara y sus ojos se entrecerraron. Puse la cajita con el pastel en sus manos, justo a la altura de su pecho. Un rayo de la luz de la lámpara de la plaza aprovechó que mi sombra se movía para tocarle el pecho izquierdo, que se asomaba distraído. La piel se le enchinó y una lágrima bajó lenta por su mejilla.
— Buenas noches, chapas.
— Buenas… gracias.
Se agachó un poco más y simuló un intento de abrazo, pasando el mechón muy cerca de mi cara. En su cuello, puede percibir el efecto de la noche en su perfume. La piel de Ela volvió a enchinarse. Esta vez la mía también. Pude sentir cómo el olor bajaba por dentro de mí, como un relámpago que se me estrellaba en el pubis.
Enderezó su cuerpo para volver a girar, quedando dentro del edificio. Subió como una sombra, envuelta en la gabardina negra. Una lámpara de la plaza aprovechó el último instante para acariciar sus piernas.
Yo también giré. Di dos pasos y comencé a elevarme. Seguí caminando y alcancé un tejado cercano. Ahí me detuve y vi cómo Ela subía las escaleras, ya adentro de su casa. No llevaba la gabardina. Subió quitándose la ropa. Entró al cuarto solamente con zapatos y la falda roja. Sus pechos colgaban sonriendo, mientras el brassiere negro le colgaba de los hombros. Su pierna se estiró por debajo de la falda, mientras ella distraída soltó la correa al zapato. Dobló la pierna y lo hizo caer. Repitió la operación con la pierna izquierda, pero esta vez se detuvo para masajear el talón lastimado. Un rayo subió por su pantorrilla, en la rodilla se separó y corrieron dos hormigueos, uno por fuera y otro por dentro de su muslo. Éste la hizo doblarse para buscar en su empeine el punto exacto del placer.
Trató y buscó, pero por más que se sentía cada vez más excitada, un rayo tal no volvió a aparecer. Poco a poco fue subiendo por la pierna esos remolinos que dibujaba con los dedos, hasta que el índice ágil entró por un costado del calzón, dio una vuelta más y, aprovechando el jugo de su sexo, se clavó lentamente en las arenas movedizas de su propio cuerpo.
Lenguas húmedas se abrían a su paso, sólo para volver a apretarlo y dificultarle la salida. Algo lo hizo clavarse rápido, buscando el fondo de esa caverna interminable. Ela levantó la cabeza, señalando cada rincón del mundo con la punta de un mechón cada vez más  grande. Apretó los ojos y las piernas, abrió la boca y se giró doblándose sobre la cama. Calló despacio. Abrió las piernas y fue sacando el dedo lentamente. El índice giró una vez sobre el monte pubis y dio paso al dedo medio. Éste, con mejor suerte, no encontró el fondo pero sí un punto, un lugar, un hueco, algo que pareció ser lo que estaba buscando. Ela tembló, gimió y se giró sobre la cama, sin sacar el dedo. Así se quedó dormida.
La luz de su cuarto siguió prendida mucho tiempo. Yo temblaba en la lluvia que comenzó justo después de que la escuché gemir. Había estado mirando la escalera vacía por un buen rato. Bajé del tejado con un brinco. En cada paso me fundía con el agua de los charcos. Iba pensando en aquel día que Ela me besó al bajar del camión. Fue la primera vez que caminé sin pisar el suelo. Di vuelta en la esquina y no supe más de mí.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Por alguna razón, en este blog casi todo mira a la izquierda...

Había unas feministas que creían en el Estado (y viceversa)

Había una (y otra vez) unas feministas que creían en el Estado. Qué raro, pero así era. “Este país es una mierda”, dijeron, escribieron, gritaron, y hasta pintaron en las paredes, seguido de consignas diversas que denunciaron el maltrato, la discriminación, la violencia, el abuso, la injusticia hacia las mujeres; en fin, el machismo, el paternalismo y todo eso de lo que Engels hablaba en su tediosa obra que Silvio Rodríguez resignificó en más o menos tres minutos de “nueva canción cubana”. Paro a las feministas no les gusta Engels, ni mucho menos Marx, el abusador de sirvientas.
Bueno, pues nuestras feministas se juntaron y rápidamente elaboraron la Carpeta rosa. Un archivo bien documentado y detalladísimo de casos de todo tipo de violencia hacia las mujeres en ese país de mierda. La llevaron a la tele pero no consiguieron más que unas entrevistas bastante amarillistas y con muy poco contenido de género. “Vea usted cómo en esta pobre casita la desesperación ha llevado al jefe de familia a una violencia inexplicable para cualquiera en sus cinco (sentidos)”, dijo la conductora, mientras en la tele se mostraban las partes más sucias y derruidas de la casita videograbada, y la cara moreteada de una mujer.
Aunque tampoco fue en vano. La noche de la transmisión llamó la diputada Pedraza, para anunciar que en su partido esas “mujeres luchonas y comprometidas de la sociedad civil” tendrían cabida y una respuesta a sus justas demandas. “Yo me comprometo ante este auditorio…” comenzó a decir la diputada antes de que una voz la interrumpiera para avisarle que no estaba “al aire”, que aunque en el programa se dijera que era “en vivo”, éste había sido grabado ayer. “Pero le transmitiremos su mensaje a Las Rosas”, que es como había decidido llamarse el grupo de feministas.
En realidad, había sido sólo una parte de ellas; bueno, sólo dos, que eran las que asistieron a la televisora para aparecer en entrevista. Aparte de doña Petra, quien daría su testimonio, pero ella no contaba, no le preguntaron su opinión cuando hubo que decidir un nombre, justo a punto de empezar la grabación. Y es que no era formalmente miembra de la organización “Las Rosas. Un paso adelante”, que es como finalmente terminaron llamándose, luego de una discusión en asamblea.
Llamaron a Pedraza, pero ella ya no estaba tan segura: “Compañera, esos son temas muy importantes, pero en el partido tenemos otras prioridades”, le había dicho Ortega. “Nos vamos con el Azul”, dijeron las Rosas… Lo que al final motivó una llamada directamente de la secretaria de Ortega.
“Con las leyes que aprobamos hoy”, dijo Pedroza el mismo día en que asumió como presidenta del Congreso, “el Estado recupera la fuerza y el país la dignidad. ¡No más familias desechas por la violencia y la inhumanidad!”, gritó.
Un mes después, don Tacho era encarcelado, acusado de mirar a una mujer en el metro. Don Tacho llegó a la delegación con el cargo de resistencia ante la autoridad, por negarse a entregar sus cd de música pirata, y por alborotar. Lo detuvieron porque se negó a dar “mordida” y a entregar su mercancía. Se había puesto a gritar: “que a quién carajos se le ocurría pensar que la música es propiedad de alguien, que la cultura no puede ser patrimonio de nadie, bla, bla, bla, señor juez”, dijo el policía.
Minutos después ya se estaba “careando” con una secretaria que se levantó y dijo que don Tacho la había mirado en el metro, que se asomaba insistentemente sobre el escote y que su mirada era sugerente. Don Tacho no entendía nada, pero fue directito a la cárcel, porque lógicamente no podía pagar la multa que, aprovechando una justificadísima ley impulsada por Pedraza, su partido y las feministas, el ministerio público quiso arrancarle.
No puede relatarse la situación en la que quedaron la madre, la esposa, el hijo y la hija de don Tacho, ni queda espacio suficiente para señalar la violencia estatal y social que significó para estas personas el encarcelamiento del Jefe de familia.


* Por supuesto, el nombre de este blog está tomado de la famosa obra que Antonio Gramsci escribiera desde una cárcel milanesa hace exactamente ochenta años, y que desde los años setenta ha sido publicada como “Los cuadernos de la cárcel”. Poco se parece la situación italiana del fascismo de los treinta a la del México del bicentenario. Aunque poco no quiere decir nada. Las semejanzas entre Benito y Felipito (por supuesto que no hablo de Don Gato y Mafalda) las encontrará el lector por su cuenta.

Con todo, las líneas que se comparten en este blog fueron realizadas desde la calle y no desde una cárcel. Aunque, efectivamente, pisaron primero algún cuaderno. ¿En libertad? Bueno, la respuesta es relativa y da para más preguntas que afirmaciones: ¿Puede hablarse de libertad en la actualidad, cuando somos vigilados por cámaras “de seguridad” en las tiendas de autoservicio, en el metro, en las calles, en las escuelas y oficinas…; cuando el pensamiento dominante prescribe desconfiar, vigilar, acusar al semejante; cuando los medios de comunicación nos machacan todo el día con el terror y la enajenación; puede hablarse de libertad, en fin, en el capitalismo?

Más de uno ha señalado ya que la democracia liberal lo que vino a legitimar fue precisamente la libertad acotada al dinero. Mientras en el feudalismo el esclavismo y la desigualdad eran legales, en el capitalismo son legítimos con base en el poder económico.

Sin embargo, siempre quedan resquicios para la emancipación. Los cuadernos de la calle pretenden únicamente contribuir con una uñita, como dicen los zapatistas, para rasgar una línea, una forma, en el muro que divide a los de arriba y a los de abajo, en el paredón al que suelen ser condenados aquellos que una y mil veces se rebelan en la historia; ese Muro que un día caerá no como “fin de la Historia” y supuesto triunfo final del capitalismo, sino sobre la cabeza de los capitalistas, como derrota definitiva del capitalismo y el pensamiento único, hegemónico, dominante, heterogeneizante. Será el principio, pues, de las historias, los cuentos, las utopías, las emancipaciones, las libertades…

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